El despacho que disimula que es una oficina

Son las siete y media de la tarde. El trabajo terminó hace un rato, pero la habitación no se ha enterado. La silla sigue en el centro, con sus cinco radios, sus ruedas de plástico a la vista y el respaldo de malla gris tensado como una raqueta. Da igual que la mesa sea de roble y que en la estantería haya cerámica en vez de archivadores: esa silla anuncia, a media casa, que detrás de la puerta hay una oficina.
El despacho en casa dejó de ser un rincón con un flexo. Después de estos años se ha convertido en una habitación que aguanta ocho horas de trabajo y que, media hora más tarde, tiene que disimular que ahí dentro había una empresa. Es el cuarto que peor lo lleva. La cocina se defiende sola, el dormitorio no tiene que fingir nada, pero el despacho vive en dos registros que no se hablan.
Casi siempre resolvemos ese cuarto por el lado equivocado. El despacho en casa fracasa cuando amueblamos la oficina en lugar de amueblar la casa. Compramos la silla de tarea antes que la habitación, el monitor antes que la luz, la ergonomía antes que el tono. Luego pedimos que todo eso, junto, parezca un salón.
La silla es la que canta
De todos los objetos del despacho, la silla es la que más delata. Una mesa se disfraza con un tablero macizo; una lámpara de oficina se cambia por una de brazo articulado y nadie nota el salto. Pero la silla de trabajo lleva su función escrita en el cuerpo: la malla técnica, el negro de catálogo, la palanca bajo el asiento, la base de estrella. Es un objeto diseñado para una sala de juntas, colocado en una casa.
La industria lo sabe y ha empezado a responder. Este mes de julio, Andreu World presentó la Velo, una silla de trabajo diseñada por Benjamin Hubert y su estudio Layer con una intención distinta: moverse entre la oficina y el salón sin desentonar en ninguno. Sobre el papel, hace las cosas razonables. La base de aluminio viene en diez colores, no solo en el negro de siempre. El respaldo se puede pedir en tapizado completo, en lana o en tejido mate, en lugar de la malla técnica que se asocia de inmediato a un puesto de trabajo. El mecanismo bascula con el peso del cuerpo, sin palanca que sobresalga. La estructura es de termoplástico reciclado y se fabrica en España.
Son decisiones que apuntan en la dirección correcta y le quitan a la silla de tarea sus señales más obvias. Lo que no cambian es el fondo del asunto: una silla de trabajo mejor resuelta sigue siendo una silla de trabajo. El conflicto no está en el color de la base.
Una silla no hace un cuarto
El despacho no se resuelve eligiendo bien la silla, aunque sea lo primero que se mira. La silla de trabajo es una pieza de tarea, no de estar, y un despacho que se habita hace más de una cosa a lo largo del día. Se trabaja, sí, pero también se lee, se piensa mirando por la ventana, se recibe a alguien media hora.
Ninguna silla ergonómica de ocho horas es el sitio donde te apetece leer a las nueve de la noche. Son dos objetos, dos partidas de presupuesto, donde el cliente esperaba una. El despacho se decide ahí: en si la habitación tiene sitio para una segunda pieza, una butaca baja o un sillón de orejas, que le devuelva su condición de casa cuando la jornada termina.
La puerta que se cierra importa más que el modelo de silla. Una silla de tarea dentro de un cuarto con su propio acceso es una herramienta de trabajo guardada; la misma silla en una esquina del salón es una oficina metida en mitad de la casa.
Lo que nos pasa cada vez
En los despachos que hemos montado dentro de viviendas, el problema se repite en la silla. El cliente quiere una pieza que no rompa el tono del resto de la casa, y a la vez no está dispuesto a renunciar a lo que una silla de trabajo tiene que dar: ergonomía real, regulaciones, un respaldo que aguante la jornada. Las dos exigencias tiran en direcciones opuestas. La silla más bonita suele ser la que peor se comporta a las seis horas; la más correcta de espalda suele ser la que más grita "oficina".
Nuestra manera de resolverlo en un proyecto de interiorismo residencial nunca ha sido buscar la silla perfecta, porque no existe. Ha sido elegir la más callada de las que cumplen con la ergonomía (tapizado en lugar de malla cuando se puede, una base en un tono cercano a la madera del cuarto, brazos discretos) y compensar el registro de tarea con todo lo demás: una mesa maciza, una butaca baja para el rato que no es de trabajo, luz cálida. La silla no deja de ser lo que es. Es la habitación la que la absorbe.
Donde la tesis se rompe
Todo lo anterior vale para la casa. En un proyecto contract (una oficina boutique, una zona de trabajo dentro de un hotel, un despacho como DPC06) la tesis se cae. Ahí el lenguaje de silla de tarea es lo que se espera. Nadie pide que una sala de reuniones disimule que lo es. La malla, la base de estrella y el mecanismo a la vista dejan de ser un defecto: son lo que el sitio pide.
Por eso una silla como la Velo, con su versión más neutra, encaja mejor en ese terreno que en el despacho doméstico que dice querer conquistar. En la casa, el problema nunca fue la silla. Fue creer que la casa se amuebla como se amuebla una oficina, solo que con mejores acabados.
El despacho en casa no se arregla comprando la silla que menos parece de oficina. Se arregla decidiendo, antes que nada, si ese cuarto es una habitación de la casa o una oficina metida dentro de ella. Lo demás (el color de la base, el tejido del respaldo, los diez acabados de aluminio) viene después, y pesa mucho menos de lo que parece cuando lo estás mirando en un catálogo.
La silla se elige el último día. La habitación, el primero.
Imágenes: Andreu World. Andreu World es proveedor habitual de Studio Poan; este artículo no está patrocinado ni la pieza ha sido cedida. Ficha de la silla en andreuworld.com.
Javier Ponce Angla dirige Studio Poan, estudio de interiorismo y dirección creativa con sede en Madrid y Valencia. Escribe sobre materia, atmósfera y las decisiones que hacen que una casa se sostenga en el tiempo.
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